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miércoles, 14 de marzo de 2012

Panadería Rosa y Blanca




El repartidor de la bollería, dice que antes de las ocho menos cuarto está allí, pero nunca es cierto. Siempre llega a las menos diez y a Rosa le toca correr porque a las menos cinco pasan las primeras madres, que con la hora justa, quieren comprar bollos para su prole.

Blanca ha abierto a las siete, y ha vendido sus primeras barras de pan a la clase obrera y a amas de casa madrugadoras, que luego quieren tener tiempo para ellas y empiezan con la tarea pronto. Después de estas primeras ventas, la cosa decae hasta las nueve y media, cuando vienen las que bajan del mercado, y a partir de las diez es la hora más viva.

Cuando pusieron la panadería, Rosa empezó a jugar con su ropa y comprobó que cada día pasaban más estudiantes por el comercio. Chicos en su mayoría, que venían a ver el nuevo modelo que llevaba. De boca grande y adornada con pendientes largos, y cabellos de un rubio artificial y desteñido, sabe reír y bromear. Se deja querer y desear, sin provocar, pero consintiendo miradas tórridas e intenta ocultar un rubor que nunca aparece, hasta el punto de que algunas chicas vienen a comprobar que no es para tanto lo que dicen los chicos. Además son mujeres muy mayores para ser competencia suya.

Blanca empezó a ver nuevas posibilidades cuando un día se le ocurrió dejarse un par de botones sin abrochar y la cola de chicas que querían sus bocadillos, creció proporcional a su escote. Blanca tiene ojos de gata, boca de piñón y caderas de  barca, que casi siempre ciñe con vaqueros o pantalones ajustados, que hacen resaltar aun más la contundencia de sus proporciones entre cintura y caderas. Sobre la ropa de color negro, destaca la piel blanquecina de la cara, del pecho, y desde aquel día, el aparentemente descuidado e interminable escote.

Entre ellas hablan, porque según dicen son distintas, de la hendidura que suele llevar Blanca, por su poco pecho y de la abertura profunda y exuberante de Rosa, que aunque de más edad, se conserva bien para haber tenido dos niñas y un marido demasiado atlético y estricto.

Las dos socias se hacen señas entre ellas e intercambian miraditas y risillas, al parecer inocentes. Cuando se quedan solas comentan algunos gestos, pero la mayoría son solo una manera de crear intrigas, entre la clientela del instituto a la hora del recreo. Seguras de que después, mientras devoran los bocadillos por la calle de vuelta al centro, el alumnado confirma sus sospechas y acertadas conjeturas, que habían imaginado de las dos mujeres.

En algunas ocasiones, las chicas llegan a una familiaridad inexplicable, fuera de una consulta profesional. Ellas nunca profundizan, porque no saben exactamente qué contestar a una juventud que no han vivido.

Por la tarde la panadería, sin alumnado ni compras, y quizás también por la persona que atiende o desatiende, según la ocasión, apenas tiene ventas.

Blanca que en realidad se llama Modesta, sale una hora antes, se va a las dos. Vuelve a su casa. Algunos días su abuelo no se ha hecho con su mujer y la abuela sin demasiada conciencia, se ha puesto a hacer la comida encendiendo el fuego antes de tener nada en la olla y después de una hora en el fuego, la cazuela ha cambiado de color, y el olor a plástico quemado de las asas, invade la cocina y parte de las escaleras comunitarias. Otros, el pobre hombre se queda dormido, y su mujer, para dejarlo descansar, ha cerrado la puerta con llave y se ha pasado toda la mañana esperando a Blanca en el portal, en bata y con las llaves en la mano. Cada día es una sorpresa distinta, que solo ella recibe al llegar al hogar.                                                                          

Rosa, es decir Joaquina, ha perdido un marido y conserva una madre de siete años desde que ella recuerda. La vida por la tarde pasa a ser de explicaciones y de interminable y repetitiva enseñanza, sin posibilidad por el momento, de cambio.

Las dos comentan que el pan les da la vida.
Virtudess

jueves, 12 de enero de 2012

Cruce de Caminos

La conocí en una reunión heterogénea, de esas de invierno en la que se apuntan parejas amigas de tus amigos que no conoces y que al final, con la frescura del momento y sin lastres de errores pasados, acaba todo el mundo como un grupo de amigos y amigas de toda la vida. Enseguida congeniamos. Ella era una mujer recién casada, morena, de pelo corto y brillante, menuda de cuerpo e interesante de alma. Yo algo más joven, algo más alta y algo más indefinida que ella. Hablamos de lo trivial, del tiempo, de qué hacíamos allí, de los hombres y luego de nosotras. ¡Dónde habíamos estado tanto tiempo, con lo que teníamos que contarnos...!

Tenía una voz peculiar; más aguda cuando se exaltaba y hablaba en voz alta, sobre todo con las demás y más grave y cálida en las confidencias. Según me dijo, yo le aportaba una tranquilidad y confianza que no tenía en su entorno de trabajo, ni con sus amistades del pueblo donde vivía. Como se conocían todas las familias, todo era aparentar y ocultar para no ser despellejada en la plaza pública. A mi no me conocía y el que yo viviera en una capital cercana, me hacía idónea para sus confidencias.

Después de varios ratos arrancados a la jornada, con más bromas que tiempo, nos visitó la noche. Decidimos que dormiríamos juntas en aquel gran salón salpicado de parejas; unas consolidadas, otras frescas, del día. Finalizadas las últimas ansias de las antiguas y los posteriores movimientos ahogados de las nuevas, quedábamos nosotras.

Por ser las dos muy frioleras nos pusimos cerca del fuego, en una especie de baúl muy largo donde solo cabíamos la una pegada a la otra. Allí no molestábamos a nadie con nuestra charla, queda pero intensa. Me habló de su marido, y de algún amigo cercano a la familia. En sus palabras descubrí un alma más generosa que la mía y a la que intentar imitar. Yo le hablé de mis primeras dudas y de mi vida actual. Hablamos y nos quedamos enganchadas en la confianza de las confidencias. Entre las intimidades que fuimos compartiendo, me contó que aunque a ella le gustaban los hombres, siempre le había llamado la atención el hacer una equis, como ella lo llamó, con otra mujer. Al principio nos reímos al imaginar dos mujeres en esa posición, luego cambiamos algo el gesto al imaginarnos a nosotras.

Continuamos hablando de otros temas, pero creo que las dos seguíamos con la letra en la cabeza, y en mi caso empecé a sentir los efectos en mi cuerpo. Cuando decidimos dormirnos, o esa fue la disculpa, como no cabíamos a lo ancho y la superficie era suficiente para dormir con los pies juntos, nos colocamos una a continuación de la otra. La manta no daba de larga, con lo que empezamos a doblar las piernas y a tratar de acoplarnos para aprovechar la mayor cantidad de abrigo posible. Una pierna encima, pesaba mucho, debajo se aplastaba. Tuvimos que encajarnos lo mejor posible. Para poder movernos, entre risitas, nos cogimos de las manos y tirábamos una de la otra. De la risa pasamos al silencio consciente.

Pasado un rato de estar perfectamente ensambladas, empecé a notar un calor agradable entre mis piernas y me moví buscando mayor contacto. Al principio era solo adaptación a otro cuerpo, con el que tenía toda la camaradería de una noche de confesiones y secretos compartidos, luego complicidad, después un amor dosificado y al final una búsqueda salvaje y descontrolada de goce sin reservas ni contraprestaciones. Nos acercamos, nos arrancamos y ofrendamos placer, unas veces egoísta otras altruista, siempre generoso. No sé las veces que duró aquello, pero cuando nos íbamos a dormir era casi la hora de levantarse, solo tuvimos algún duermevela para saborear y dejar hacer al hedonismo, para oír el silencio y el último crepitar de la leña.

El día siguiente fue raro. Verla otra vez allí entre la gente y saber que teníamos ese secreto entre las dos, me mantuvo en un estado de excitación íntima y creo que compartida. Nuestra unión fue el culmen a unas confidencias, el sello y disfrute de una libertad inherente al ser humano.

No nos hemos vuelto a ver con tiempo de charlar un rato, pero hoy, después de quince años, hemos estado hablando. Ojalá me llame, aunque no sé para qué, bueno, sí lo sé.


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miércoles, 21 de septiembre de 2011

El lugar del Maestro


Me llamo Enora y soy la mujer del Hombre del Tiempo. Tengo una estatura media, ojos oscuros y cabellos blancos prematuramente. Mi marido se llama Segundo y a veces se lo llevan a algún nuevo fortín o cuidad conquistada y se pasa meses trabajando allí: intentando predecir el tiempo, instalando relojes de sol y enseñando a los hombres elegidos para esa tarea, la medida del tiempo y el funcionamiento de las máquinas básicas para ese trabajo.
Mi amiga Piela es muy mujer, no tiene la apariencia de adolescente que tengo yo. Carnes blancas y generosas cubiertas por un pelo excesivamente largo y negro. Una silueta que puedes adivinar desde lejos. Es la mujer de Curtino, un batanero que suele volver a casa cada dos lunas y siempre con un olor muy desagradable, pero como él dice: es lo que nos da de comer.
Ramasi es la más abierta y la más joven de las tres. Igual va de largo que de corto. Todo le está permitido. Tiene una personalidad arrolladora. Ayuda a su marido Medero en la carpintería, solo por estar al día de las cosas que suceden en la ciudad. Las vecinas le comentan lo sucedido para que ella lo transmita a las demás personas. Se pasa más tiempo en la puerta de la carpintería que haciendo algún trabajo dentro. Habla con cualquiera que pase por el taller y los clientes vuelven y traen amigos, con lo que su marido, casi prefiere que esté en la puerta que dentro. Para cobrar es justa; si el mueble está bien hecho, y dependiendo del cliente, saca buenas monedas del trabajo de Medero y sus aprendices. Pasada media mañana se sube a la vivienda y ya no baja.
Las tardes son para nosotras. Nos solemos juntar en mi casa. Teóricamente a remendar ropa, pero hay prendas que tardan mucho tiempo en salir de aquí.
Hoy Ramasi ha empezado a preguntarnos si nos ayudamos con algún artilugio en nuestra vida íntima. No nos ha dado tempo a contestar, nos ha contado que ha empezado a usar una estatua de madera de pino, del maestro de su marido, que éste le regaló al principio de su relación, y que hasta hace poco no le había encontrado utilidad. Tiene la longitud de la mano y consiste en un hombre, algo curvado, con las orejas y la nariz exageradas, que le abultan mucho la capucha. Lleva una capa con pliegues y en la base unos pies muy grandes, y entre el final de la capa y estos, se mantiene de pie y en su sitio sin esfuerzo.  Nos ha contado cómo en una tarde que no pudimos juntarnos, y echando la culpa de su soledad al trabajo de su marido, vio la estatua de su maestro, en un lugar predominante, sobre la chimenea y tratando de castigarle, le cogió con la mano y al apretarle, percibió cierta forma conocida. Pensó que no le haría daño experimentarlo y ungiendo al maestro con aceite de oliva lo probó como sustituto de su marido. Lubricado como estaba, se oscureció un poco acercándose más al color verdadero.
El éxito fue total. Por fin se hacía cuando y como ella deseaba, con la velocidad adecuada en cada momento y con la profundidad exacta. Después no tenía que hacer nada mas cambio. Era perfecto. Pero claro, mezclándolo con el alumno de su también y desde ahora nuevo maestro. Realmente el maestro era más sabio que su marido.
Nos quedamos sin saber qué decir, pero como lo explicó con tanta naturalidad, parecía que éramos nosotras las que estábamos atrasadas de los adelantos modernos. No obstante quedamos en hacer pruebas cada una en nuestro campo.
Piela dijo que el cuero sería difícil trabajarlo para conseguir una textura similar. Quizás sería más fácil lograr un fracaso en la cama que un éxito, pero que lo intentaría. Yo creo que no quería ni intentarlo, porque su marido es un pesado en ambos sentidos y ya tiene bastante, como para recrearlo cuando no está...
Como Piela no volvió a decir nada, una luna después les conté mi experiencia, cuando ya estaba suficientemente probada, claro.
Les conté que encontré una figura similar a la de Ramasi, pero de piedra, de un color verde que me desconcentraba. Pero observé que dejándolo cerca de la lumbre adquiría una temperatura ideal. Lo tomé como un buen principio de éxito. Segundo utiliza muchos artilugios de vidrio. Unos largos, otros cortos, pero tiene una especie de tubo para medir la cantidad de agua de lluvia, que tiene unas protuberancias, indicando las medidas, que tiene cierto futuro. El problema es que me he acostumbrado a las cosas calientes y las frías tengo que calentarlas. Hasta que descubrí que se podía llenar de agua caliente y tapar el extremo con un corcho. Después de esto, había logrado tener el tiempo deseado del Hombre del Tiempo, al que siempre le faltaba tiempo.
Virtudess

jueves, 23 de junio de 2011

Vuelvo a Estar en Paz

   Estoy en equilibrio. Acabo de terminar la meditación y el saludo al sol y al alba que llegan en plenitud y armonía. Paseo por la casa descalza. Los primeros rayos de sol que se cuelan por el balcón, calientan mis pies y hacen de la estancia un espacio inmenso de paz. El silencio que mantiene la aurora sobre el mundo hoy, es distinto, nunca lo había sentido así.     Ese fresquito del amanecer, hace que todo mi cuerpo permanezca tirante, esperando que llegue el primer calor del día, para relajarse. Los aromas son más puros por la mañana.  El efluvio delicado y suave del mar contrasta con los restos de perfume que quedan en mi cuerpo. Ya no es el olor de él, de la pasión desatada, ahora es un aroma lánguido, de recuerdos gozosos, un olor conocido, olor de saliva elaborada, y del sexo pasado, que han quedado pegados a mi piel con memorias que se desvanecen. Comienzo a sentir calor en mi cuerpo, mis pezones se destensan y vuelven a moverse juguetones bajo el lino agradable de mi camisa abierta.
   El té de la tarde fue relajado hablando de tiempos pasados. Los comentarios mezclados con las pastas dieron paso a los silencios y las primeras miradas. Insinuación delicada, toques accidentales y acciones evidentes, terminaron en un abandono de las formas sociales, morales y verbales. La madera del suelo sujetaba el nido de ropas que nos recogía, intentando evitar, no siempre con éxito, que la pasión golpease las partes romas de nuestras anatomías, que abandonando la medida y la física convencional, se desataban en un revuelo de masajes, besos y ajustes, de todo tipo. Gestos repetidos hasta conseguir una y otra vez el clímax buscado, alternándonos como amantes egoístas. Después, nuestros cuerpos poco a poco, fueron perdiendo el ardor general y localizado, y el ansia de placer que solicitábamos a la otra mitad del nido.
   Por fin le he visto entregarse y vaciarse como un loco, sin las limitaciones y las filosofías inculcadas de aquellos años. Qué distinto de nuestras primeras experiencias... Él también se acordaba de todo, pero no quiso comentar lo que me decía en la penumbra bajo la cruz: me estoy reservando.
 Virtudess

martes, 7 de junio de 2011

Estrella y Carlos


Siempre he sido un poco rebelde, nunca me han gustado ni las normas, ni las modas y he creído en la libertad del individuo y que el desconocimiento del futuro da razón al presente. Me llamo Estrella, soy morena, tengo un niño de siete años y peso algunos kilos más de los que debería de pesar (pocos), pero me quiero y me admiro, ahora más que antes.
Cuando me casaron, con un marido limitador y limitado, comencé a ver lacrarse puertas, día a día veía como se cerraban frente a mí. Posibilidades que había tenido, pero que en el nuevo contrato de la vida ni siquiera estaban contempladas. Esperé el tiempo máximo que podía aguantar en aquella situación,  y por fin quedé libre del limitador, de tanto lacre y de las paredes que soportaban las puertas. Ahora estoy separada de un amor oficial  y bien situado de juventud,  al que fui llevada como única salida a mi situación laboral y personal.
Desde pequeña he sido muy sensual, vamos que me ha gustado pasarlo bien, sin gastar mucho, utilizando mis propios recursos y los de los y las demás. Como decía mi amiga Mayte: no es de sabios limitar los placeres. Entre las cosas que no he limitado nunca, está el encanto de una buena tarde o un buen fin de semana con alguien especial que te haga sentir lo que tú creías que no podías volver a experimentar. Ese entregarse sin reservas, como si fuera lo último que vas a hacer en la vida, y que después no tendrás que justificar ante nadie... De esos que suceden pocas veces y se sueñan muchas. Ahora con cierto control, que me sirve para disfrutar aun más, he dejado mi alma y mi vida sin cancelas, abierta a lo que venga. Y cuando me muera que me entierren.
Mi hijo es lo más importante de mi vida y todo lo estructuro con respecto a él. Carlitos no tiene la culpa de que Carlos, su padre, cuando lo vio con la cara típica de los niños que tienen su enfermedad y supo que con un corazón tan débil, a lo mejor no resistía mucho, no se pudiera enfrentar a la situación y decidiera poner la panadería a mi nombre y desapareciera. Se fue a buscar relaciones más sencillas, sin tanta responsabilidad. Nadie puede juzgar lo que hay en la cabeza de otra persona; no le culpo, pienso que cuando se rompe una cosa al menos hay dos trozos, dos partes, dos opiniones... incluso le agradezco que me permitiera dar al niño un amor que él no conocía y me dejara la libertad de poder volver a ser quien era cuando le conocí.
Ahora cuando Carlos está con mi madre o con sus primos, en casa y fuera de ella, puedo comportarme como en mi interior seguía siendo, pero adaptada a mi nueva situación, es decir, el idealismo y las ganas que tenía a los quince años, pero con la experiencia y sobre todo con la tranquilidad y el poso de la edad que tengo.
Aunque no soy muy alta, estoy bien proporcionada y soy agradable; vamos, resultona, por lo cual no me resulta difícil buscar entre personajes que han pasado la cincuentena como yo, y elegir con cierta facilidad mis ligues. A veces necesito la complicidad de una mujer, no quiero tener que estar alerta, prefiero dejarme ir. Otras prefiero proteger, me siento fuerte y quiero sentir el poder de la protección, lo mismo a ellas que a ellos, aunque con los hombres algunas veces tienes que estar más atenta y sobre todo ser un poco lo que esperan de ti, sin serte infiel a ti misma, no te puedes descuidar mucho, y eso requiere algún trabajo extra.
Busco un ligue besucón y temporero. Que sepa besar. Que use y abuse del beso, de todos, y que me enseñe, acepte y valore los míos como yo haré con los suyos.
Temporero, significa que en la temporada que esté, dé todo, pida todo y que acabada la campaña, desaparezca hasta el siguiente verano, por ejemplo. Que me de cariño comprensión y compañía, no como una mascota, sino como un igual, alguien que busque la misma libertad que yo.
En la Asociación viajamos mucho, y en uno de esos fines de semana que se sueñan y se viven raras veces, coincidí con una pareja Armando y Rocío. Eran de Perú, sobre todo él. Tenía rasgos de indio tranquilo y trabajador. Enseguida congeniamos y en pocas horas es como si nos conociéramos de toda la vida. Ella más menuda y delgada podría pasar por nórdica por el color claro de su piel y la belleza de sus ojos claros. Parecían muy amables y serenos, pero cuando Rocío pudo hablar conmigo a solas, me empezó a contar los problemas que tenía con su marido. Nos fuimos a mi cuarto, y mientras hablaba, la noté desprotegida y comencé a abrazarla y a besarla, ella al notarse querida y reconfortada respondió a mis besos, abrazos y primeros acercamientos. Parecía una hembra en celo escondida en un alma cándida. Cuando se liberó, olvidó nuestra incipiente amistad y se lanzó sobre mí exigiéndome que le arrancara todo el placer que llevaba a flor de piel; quería ponerse al día con urgencia. Yo había observado en la playa su cuerpo cuando nos conocimos; labios de marfil, pechos de muñeca y caderas de lago tranquilo en las que bucear al atardecer sin prisas. Ella me pedía que fuera nadando por todo su cuerpo, haciendo los altos pertinentes, desde los labios hasta su lago, en el que parecía querer ahogarme. Sus orgasmos eran pequeños movimientos de dudas, un silencio de corchea y un bamboleo sin control. Era maravilloso verla con los ojos cerrados y ese montón de medios giros continuados que la dejaron exhausta a ella y envidiosa a mí. Menos mal que Armando, al día siguiente, me contó en su cuarto los problemas que tenía con Rocío.
 
Virtudess

miércoles, 6 de abril de 2011

Trufa de Avellana


Cuando te vas a comer una trufa empiezas a pasar la vista por su exterior, después intentas captar su olor característico y comienzas: mirando y lamiendo, saboreando y lamiendo, lamiendo y lamiendo. El chocolate negro es más fuerte y está más duro, para proteger lo que esconde en su interior, tienes que aprender a sacarle el sabor, pero con paciencia y tesón lo consigues.
Ella siempre ha sido una persona muy abierta, en todos los sentidos, es decir, da todo, acepta todo y ni siquiera se molesta en ser rencorosa; dice que pierde un tiempo que puede ocupar en cosas más placenteras. No cuesta mucho llegar a ella, pues es confiada y nunca tiene inconveniente en conocer a nadie ni en probar cosas nuevas. Así la conocí yo, sin demasiada confianza en encontrar lo que encontré: una verdadera amistad, pero con mi interés por todo lo que tuviera que ver con este mundo tan dulce.
Una trufa debe de estar hecha con distintos tipos de mousse de chocolate. Así le pasa a ella, según la iba conociendo, iba encontrando diferentes facetas de su vida, distintas pero complementarias. Estas capas consiguen que el sabor de lo que te estás comiendo, sea único cada vez, aunque sea siempre lo mismo. Las diferentes mezclas que se hacen en tu boca, te sugieren sabores a veces desconocidos. Hay una cosa que a todas les gusta, y es ser comidas, degustadas, paladeadas y tragadas. Por quién, a veces,  es lo menos importante, lo principal es ser deseada por todo el mundo y que te devoren con fruición y te hagan sentir que tu cuerpo, ha dado placer a alguien.
Después de varias sesiones con ella, la tenía casi como modelo. Me enseñó que no existe la delgada línea entre el amor y la amistad. Me enseñó que para llegar al amor hay que basarse en los cimientos de la amistad, y desde allí, construir la vida con amor o el amor con la vida, da igual. Una maestra de la existencia que nunca habría enseñado su título a nadie; seguro que cuando se lo dieron lo rompió para evitar presumir de ello. Seguro.
Yo iba con mi escudo, aunque no lo quería admitir; ella simplemente se limitó a mostrármelo y a dejarme ensayar. Cada persona sabe lo que tiene que hacer; hay que dar tu punto de vista con sinceridad y respeto y dejar actuar la libertad de las personas; es decir, me mostró cómo se hacía y me dejó practicar a su lado. Nunca exigió nada y siempre me lo dio todo.
Cuando después de un poco tiempo infinito, llegué a su centro, me encontré la avellana. Su corazón estaba endurecido pero era comestible. Suponía dificultad para cualquiera llegar allí; solo requería más trabajo del que muchas veces empleamos para intentar conseguir algo. Tenía ese sabor a madera, consistente, propio, gustoso. Ese sabor que te confirma que ha merecido la pena el esfuerzo para llegar a obtenerlo.
Allí vi como se desbordaba el sufrimiento escondido entre tanta dulzura; las enfermedades modernas padecidas por su entorno más cercano, su soledad frente a ellas, la falta de esa persona especial para compartir el dolor, la lejanía de quienes deberían estar más cerca, sobre todo en ocasiones como estas y su total falta de rencor por la sociedad y por su entorno más próximo. Era de mi edad, pero daba la impresión de ser una persona con mucha experiencia, de esas que  conocemos con el poso que da la costumbre y la tranquilidad de una vida a la que no se le debe nada, con la que se está en paz.
Yo estuve allí en aquel momento, escuché, comprendí y apoyé. En mi  interior quedó el ejemplo de madre, madre que yo nunca podría ser y quedé con mi ancla echada en esa amistad. Ella sigue arrastrando mi ancla y yo intentando aprender a dejarme arrastrar por ella.
Virtudess

miércoles, 9 de marzo de 2011

Una Sultana Más

 La noche se desarrolló como de costumbre; tenía que disimular. Por la mañana temprano, en nuestro avión particular fui llevada a Europa. Era un viaje como todos los meses: iba de compras.
Una semana antes, llegó una sirvienta nueva. Nadie preguntó porque todo el mundo sabía. Ella pensaba que era afortunada; venía de un pueblo cercano sin muchas posibilidades. Como equipaje tan solo traía su belleza y su juventud. Yo le auguré poco tiempo y mucha desdicha.
Después de llegar al aeropuerto, el piloto dejó mis maletas en un carrito y quedé sola. Me quité la ropa que traía y la cambié por la europea que tenía preparada y llamé a mi amante. Se presentó al cabo de una hora. Fue una hora de tránsito. Repasé mi vida anterior, el viaje, y observé la mujer que esperaba a su enamorado. Él no sabía cuando iba a presentarme, yo tampoco sabía si mi marido accedería al final a dejarme salir el día programado.
Desde allí Hans quería ir al hotel, como cada vez durante los trece meses anteriores, pero hoy era distinto, yo quería ir al zoo, deseaba ver el aspecto de animales encerrados en jaulas para disfrute de sus carceleros. Mi amante no lo entendió pero aceptó y me dejó mi espacio. Paseé sola entre las jaulas. Algunos estaban en una fingida independencia, parecía que tenían de todo en su encierro; agua, aire puro para respirar, sitio al sol, árboles... pero si te fijabas, tenían una pequeña valla, que se anunciaba electrificada, que cada vez que la rozaban, les recordaba que ahí se acababa su libertad. Tenían la cara triste, se movían lentamente, ni siquiera se miraban entre machos y hembras. Todos con el mismo destino: vivir en esa cárcel. Ahí descubrí seres que tenían menos libertad que yo todavía.
Hans me seguía a distancia para no molestarme en mi paseo. Noté como se iba alejando de mí, o fui yo la que se iba retirando, no sé, pero al cabo de un rato le perdí de vista. Después de dar toda la vuelta al recinto, le distinguí en la puerta. Me estaba esperando con algo de comida. Pero le observé despidiéndose de mi piloto. Eso fue lo que me animó a tomar la decisión, tantas veces pensada. Nunca había tenido el valor de hacerlo, pero la visión de otro engaño, el último, fue definitiva.
Con mucha dificultad salí sin que me viera. Había roto el único lazo con mi destino, había ganado mi derecho a la libertad.

Virtudess
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